Una tercera de la economía mexicana está ligada a las exportaciones; de estas, el 80% va dirigido hacia los Estados Unidos. Así pues, decir que la economía del país está estrechamente vinculada a la estadunidense es una afirmación corta, puesto que una parte significativa de esta se desarrolló, de hecho, para proveer la estadunidense desde la periferia.
La relación entre México y Estados Unidos es desigual -lo es entre Estados Unidos y cualquier otra nación del mundo- y por ello hay que acostumbrarse no a someterse, como se hacía antes, pero a tragar sapos.
Las cuestiones políticas e incluso diferencias ideológicas que se tengan con ellos no deben quitarnos la perspectiva sobre lo inmediato y lo tangible.
Porque para México las exportaciones hacia los Estados Unidos representan poco más de una cuarta parte de su economía mientras que para ellos la cifra ronda el apenas el 1.5%. Respecto a la Balanza Comercial, hasta octubre del año pasado, en números redondos, México había exportado 450 mil MDD e importado 300 mil MDD, es decir, un 3 a 2 a favor.
Es cierto que, según la perspectiva, el orden mundial se inclina hacia China, pues las BRICS representan el 40% de la economía global y antes de 2030 rebasarán ya a la estadunidense. Y aunque el orbe se reacomode, ello no significa que México tenga qué cambiar de bando, esencialmente, porque es un proceso de reacomodo que lleva tiempo.
Más importante, México tiene un antecedente directo con China. Los asiáticos quieren un trato especial, cual si existiese acuerdo de libre comercio, pero sin comprometerse nada a cambio. Prueba de lo anterior es que les haya indignado que nuestra nación ejerciera su soberanía -por así decirlo-, estratégicamente, a través de aranceles, y ello provocara su indignación… cuando los chinos no levantaron la voz al dar un trato desigual al país por tener una Balanza Comercial 15 a 1 a su favor. Dicho de otra forma, nos venden 15 peras y tan sólo nos compran una manzana (sí, el mercado no se autorregula y eso que ellos ostentan una economía planificada).
Por lo pronto Canadá acaba de realizar un movimiento inesperado que mueve el tablero global. Realizaron un acuerdo con China, con quien tienen un saldo negativo en la Balanza Comercial de al menos 2 a 1, a expensas de que ello molestaría a Trump y provocaría posturas encontradas en las negociaciones para continuar con el T-MEC.
No es osadía, ni atrevimiento ni mucho menos miras al futuro lo hecho por Canadá, en todo caso, es un mero orgullo mal dirigido.
En el papel, no renegociar el acuerdo llevará a pérdidas a las 3 naciones. A Estados Unidos le costaría menos reconfigurarse, pudiendo aspirar a tener beneficios en el mediano plazo, y tal vez México, sin ninguna garantía de ello, podría proveer aquello que antes daba Canadá si consigue un acuerdo bilateral con USA, sin mencionar así tengamos una manufactura más competitiva, no contamos con los energéticos que Canadá sí tiene.
Dicho esto, si la decisión de Canadá de fortalecer sus lazos con China provocara ser relegados del clúster norteamericano, se llevarían la peor parte, pues como muestran las cifras, los asiáticos no tienen ningún interés en que el beneficio sea conjunto -así les beneficiara a largo plazo-, antes bien, prefieren exprimir lo mayor posible para seguir creciendo e incluso reforzar sus prácticas de Dumping con las que ninguna economía del mundo puede competir.
Y es que aunque Trump, de botepronto, felicitó la decisión tomada por los canadienses, no falta mucho para poder ver las consecuencias del desplante realizado.
La solución a México, en este momento, no es el de asumir una postura ’heroica’ frente a los estadunidenses, sino el de seguir tragando sapos y usar la diplomacia para tratar de poner límites a la injerencia. Es difícil el papel que debe jugar México, más cuando comienza a retomar un actuar digno, pero seguro, seguro, no es mediante China.